En el Día del Abogado, próximos a celebrar el aniversario número 147 de la gesta heroica de Iquique y Punta Gruesa, es conveniente reflexionar sobre el alcance trascendental y permanente del sacrificio de Arturo Prat Chacón y los suyos, aquel lejano 21 de mayo de 1879.
La epopeya marinera llevada a cabo por el comandante Prat y sus bravos marinos no puede entenderse sino por el cabal e íntegro carácter de nuestro máximo héroe naval. En efecto, y por ello hablamos de Prat como el héroe del día a día, ya que, si analizamos al comandante Prat desde su más tierna infancia en la hacienda de San Agustín de Puñual, pasando a la temprana edad de 10 años a integrar las filas de la Escuela Naval, siendo todavía un impúber, sometiéndose a la férrea disciplina naval, formando la promoción de los héroes junto a Condell, Montt, Latorre, Uribe y tantos más, y prosiguiendo su brillante carrera hasta graduarse como oficial naval con honores, es posible apreciar en su actuar esta impronta que guió todo su accionar heroico y de compromiso con los sagrados valores patrios de nuestra nacionalidad.
Siendo solo un joven oficial, el mando ya vio en él dotes singulares y extraordinarias, nombrándolo profesor de la Escuela Naval y asignándole misiones que ni hoy, en pleno siglo XXI, se imponen a oficiales de esa juventud, tanto en el mando naval propiamente tal como en las áreas de inteligencia, diplomacia y academia.
Paralelamente, la fertilidad del espíritu superior del héroe de Iquique lo llevó a adherir a la severa disciplina del Derecho, titulándose con distinción como abogado, con su memoria de prueba —hasta hoy reconocida— titulada “Comentarios a la Ley Electoral Vigente”, donde ya planteaba la necesidad del voto universal, incluido el femenino, como vehículo de definición de una auténtica democracia, lo que evidencia su preclara visión jurídico-política.
Ejerció en forma sobresaliente la abogacía, no obstante las limitaciones propias de su profesión naval. Justo es destacar su valioso aporte intelectual al texto de la Ley de Navegación de la época y a las viejas ordenanzas navales que regían a la Marina desde la época colonial.
No fue Prat, como pudiera interpretarse de lo anterior, un marino de escritorio. Así lo demostró al derrochar arrojo y valentía en el Combate de Papudo, en la guerra contra España de 1865-1866, abordando una embarcación enemiga —la Covadonga—, rindiéndola y capturándola, presagio de su gesta en la rada de Iquique.
Del mismo modo, encontrándose aquejado de salud, no trepidó en concurrir —no siéndole exigible mayor conducta— a la bahía de Valparaíso en una tormentosa noche de temporal y, en hábil y osada maniobra marinera, a riesgo de su vida, lanzarse a las aguas y poner a salvo a su gloriosa corbeta Esmeralda, la “vieja mancarrona”, como él la llamaba, que con sus amarras cortadas producto del vendaval estaba a punto de zozobrar.
Si bien la disciplina fue la tónica permanente en la conducta del comandante Prat, lejos estuvo de ser un funcionario obsecuente y servil, pues cuando sus convicciones de justicia se vieron cuestionadas ante la injusta situación de su compañero de armas Luis Uribe, quien era objeto de una acción disciplinaria del mando naval, no dudó en defenderlo como abogado en juicio y lograr su absolución de cargos y de su casi segura expulsión de las filas de la Armada. El destino quiso que ambos compartieran la gloria ese 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique.
Tampoco fue Prat un ser humano ensimismado en su profesión y su éxito personal e individual. Un alto sentido cristiano y de altruismo lo llevó a comprender su rol social y, quitando tiempo al descanso, desarrolló labores docentes gratuitas en beneficio de la juventud obrera y de la niñez, dando clases nocturnas inclusive, consciente de la trascendencia que tiene la educación en la formación del hombre.
He dejado para el final su faceta familiar, pues si algo destacó en Prat fue su función como padre y marido ejemplar, de profunda fe cristiana, imbuido de valores que tanto se extrañan hoy: su modestia, su austeridad casi espartana y su probidad a toda prueba, reflejada en la devolución del excedente de viáticos que le fueron asignados en una misión secreta de inteligencia en el año 1878 en Argentina y Uruguay, en las proximidades del inicio de la Guerra del Pacífico.
La absoluta entrega a los suyos se trasunta en las hermosas cartas a su amada esposa Carmela Carvajal y a sus entrañables hijos. Y aunque la desgracia lo golpeó con crueldad al perder a su pequeña hija Carmela de la Concepción, casi recién nacida, estando él embarcado y sin poder llegar siquiera a sus exequias por las exigencias propias del servicio, no sucumbió a la adversidad, sino que se fortaleció en sus convicciones del sagrado cumplimiento del deber para con su institución —la hoy bicentenaria Armada de Chile— y para con su amado país.
Todas estas virtudes, que no constituyen ninguna exageración, son fruto del esfuerzo diario, del día a día, de la labor fundada en los valores trascendentes del espíritu humano, de los cuales el comandante Prat fue un excelso cultor. Estas se construyeron en el cotidiano cumplimiento del deber, con vocación a toda prueba, culminando en el supremo sacrificio: la entrega de la propia vida.
Una vieja ordenanza militar del siglo XVIII, del rey Carlos III de España, señalaba: “El oficial cuyo propio honor y espíritu no lo incentiven a actuar siempre bien, vale muy poco para el servicio”. Creo que el comandante Prat encarnó esta sentencia por antonomasia.
Su sacrificio sublime no fue producto del azar ni de la irracionalidad al verse acorralado por un enemigo inmensamente superior, sino de la profunda y consciente convicción —arraigada en él— del honor, del patriotismo, del amor a Chile y a su institución: la Armada Nacional.
En suma, Prat fue un hombre de Derecho, pero también de acción. Jamás se arrió la bandera bajo su mando y jamás rindió su espada ante la adversidad; solo la entregó a la guardia de la Excelentísima Corte Suprema de Justicia al rendir su examen y jurar como abogado de la República.
Quiero terminar esta alocución evocando las palabras que, hace 138 años, un 21 de mayo de 1888, pronunciara el entonces presidente de la República, don José Manuel Balmaceda, al rendir junto a todo el pueblo de Chile el merecido homenaje a los restos de los héroes de Iquique, al ser depositados en la cripta de la Plaza Sotomayor en Valparaíso, donde hasta hoy —y espero por siempre— recibirán el testimonio de gratitud y reconocimiento de la patria entera:
“Pasarán los años y las generaciones, y desde el fondo de la rada de Iquique, lo mismo que desde el seno de esta cripta o desde lo alto de este monumento, brillará en la historia, como la estrella polar en nuestros mares del sur, una constelación de valientes que no eclipsarán los siglos ni los héroes venideros”.
Gracias.
Por el abogado Adolfo Pizarro Baigorrotegui